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lunes, 18 de junio de 2012

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El pasajero de atrás

Mariela pasaba un paño por la mesa del living cuando escuchó que un auto llegaba a la casa.
Fue hasta el garaje y vio que su esposo, que se llamaba Joaquín, bajaba de un auto casi nuevo.

- Qué tal el cochecito que me compré, ¿te gusta? - dijo Joaquín.
- No creí que nos alcanzara para uno tan nuevo - comentó Mariela, y pasó la mano por el reluciente vehículo. Luego volteó hacia su esposo - No habrás quedado debiendo, ¿o sí?
- No, tranquila - le explicó Joaquín mientras la rodeaba con sus brazos - Salió bien barato. Ya sé lo que vas a decirme, pero no te casaste con un tonto, lo hice revisar por un mecánico, ¡está impecable!
- Podrá funcionar bien - objetó Mariela -, pero tal vez tiene algo más, no sé… ahora que lo miro bien, no me da buena impresión.
- Tú y tus impresiones ¡Jaja! No tiene nada malo. El dueño debía necesitar el dinero urgentemente o algo así.  De noche vamos a dar unas vueltas y vas a ver que te va a gustar.

Cuando llegó la noche salieron en su nuevo auto. Su casa estaba en un lugar apartado. Tomaron la ruta rumbo a la ciudad, de la cual se veía solamente un resplandor en el lejano horizonte.
Ella iba muy seria. Él lo notó y quiso iniciar una conversación, pero al mirar de reojo a su esposa, le pareció ver por el espejo retrovisor, que atrás había algo, mas al fijar la vista el asiento trasero estaba vacío.
Ahora él también iba serio, echaba una mirada al retrovisor y volvía a prestar atención al camino que tenía adelante.  
De a poco el resplandor de la ciudad se fue agrandando. Pronto estuvieron entre sus luces. Buscaron un restorán entre los muchos que había. Cenaron casi sin hablar; él pensando en lo que creyó ver en el asiento de atrás, ella buscando una razón a la mala impresión que le causaba el auto.
Cuando volvían por la ruta, de repente Mariela dejó escapar un grito corto, y miró rápidamente sobre su hombro.

- ¡Algo tiró de mi cabello! - dijo Mariela mirando hacia atrás.
- ¿Qué? ¿Te enganchaste el pelo en algo?
- ¡No, algo me jaló el cabello!

Joaquín detuvo el auto en un costado de la ruta y se bajó, Mariela hizo lo mismo. Abrieron las dos puertas de atrás y revisaron bajo el asiento, sin encontrar nada. Volvieron a marchar, y al poco rato Joaquín sintió algo. Fue más que una sensación, sintió con claridad que una mano pequeña le daba varias palmadas en la cabeza. Reaccionó agachándose, movió bruscamente el volante y el auto zigzagueó, salió de la ruta y cayó en un profundo barranco.
Los dos murieron en el siniestro, pero el auto no quedó tan mal, y al poco tiempo alguien lo compró.



Escalera embrujada

Miguel estacionó la moto cerca del edificio y desató las cajas de pizza. Equilibró las cajas en una mano, fue hasta la entrada del edificio y le dijo al portero:

- Hola. Vengo a entregar estas pizzas al departamento quince del noveno piso.
- Pase - dijo el portero -, pero va a tener que subir por las escaleras; están reparando el ascensor.

Miguel quedó parado frente al portero. “¡Nueve pisos por las escaleras!” , pensó. Suspiró resignado y entró al edificio. Al atravesar la sala vio que el ascensor estaba abierto y que un hombre manipulaba el tablero con un destornillador. Abrió la puerta que daba a la escalera y se detuvo apenas la atravesó. La base de la escalera estaba apenas iluminada por una débil lámpara. Unos pocos escalones más arriba y ya estaba oscuro,  pero cerca del descansillo brillaba otra débil luz. “Espero que me den buena propina”, pensó Miguel al comenzar a subir.
Como los escalones y las paredes eran blancos, el ascenso no era peligroso a pesar de la escasa luz, mas el lugar sí era atemorizante. Ningún ruido llegaba hasta allí, los pasos de Miguel apenas sonaban y se perdían en el silencio sepulcral que dominaba todo.

Siguió su ascenso, escalón por escalón, piso tras piso. Llegó al fin a la puerta del noveno, sólo para descubrir que estaba trancada. Forcejeó un poco con el picaporte, tiró de ella, la empujó, pero todo en vano. Golpeó varias veces, esperó un rato, nada, ni siquiera escuchaba algún ruido del otro lado. Nuevamente se resignó, ¡tanto trabajo por nada!
Al volverse hacia la escalera, le pareció que ésta estaba más empinada, mas enseguida sonrió al pensar que solamente era una impresión errada. Bajó cuidadosamente hasta el descansillo y, al ver el otro tramo de la escalera quedó con la boca abierta. Sin dudas estaba mucho más empinada, descendía en un ángulo que se acercaba a lo vertical.

Miguel se recostó a la pared y cerró los ojos. ¡Cómo podía ser! ¿Qué estaba pasando?
Abrió los ojos al escuchar que algo venía bajando por el tramo superior. Levantó la vista hacia el ruido. Una oscuridad absoluta, bien delimitada, como una cortina negra, iba desapareciendo los escalones a medida que bajaba, y oculto en esa oscuridad marchaba algo de andar pesado, y sus pasos hacían vibrar las paredes, y su respiración era casi un gruñido.
Presa de un insoportable terror, Miguel se lanzó escaleras abajo, cayendo enseguida debido a lo empinada que era. Aterrizó de cabeza en el piso de un descansillo, la fuerza de la caída le partió el cráneo, y fue otra víctima más de las escaleras embrujadas de aquel edificio.
     


Hace un año
El monte ribereño estaba silencioso y negro, sumergido en su propia sombra. En el cielo apenas se veían algunas estrellas, y el río estaba oscuro y calmo por la falta de viento.
Iba surcando el río en mi canoa a remos.  Empecé a remar menos cuando consideré que estaba cerca de mi pequeño puerto y, efectivamente lo encontré un poco más adelante.
Salté a tierra y arrastré la canoa hasta la playa. Me eché al hombro la bolsa donde llevaba el fruto de mi pesca, me adentré en el sendero que ascendía partiendo el monte en dos, que estaba oscuro como un túnel. Iba iluminando mi camino con una linterna. Escuché un ruido en un costado del sendero, dirigí el rayo de luz rumbo a esa parte del monte. Mientras barría el lugar con la luz, creí ver el rostro de una mujer abriéndose paso entre el follaje. No vi su cuerpo, sólo su rostro, como si fuera solamente una cabeza. No quise alumbrar de nuevo el mismo lugar. Seguí avanzando, haciendo un esfuerzo por no correr, no quería que me dominara el terror.

Un espantoso escalofrío me recorrió la espalda después de escuchar que chistaban detrás de mi. No escuchaba pasos pero sentía que algo me seguía de cerca. El camino se me hizo larguísimo. No me atrevía a voltear, de hacerlo tal vez hubiera muerto de terror, porque lo que me seguía quería que lo hiciera, y me chistaba muy cerca de la nuca, casi al oído.
Al cabo de unos aterradores minutos, que me parecieron horas, salí del monte, y al alcanzar el campo sentí que ya no me seguían.

No sé por qué esa noche me sucedió eso, había cruzado por el lugar muchas veces.
Al relatarle mi aterradora experiencia, un conocido me dijo que tal vez es algo que sólo sucede una vez al año, que hay cosas sobrenaturales que surgen en determinadas fechas.
Hoy sentí la necesidad de escribir lo que me sucedió aquella noche, porque hace exactamente un año que pasó. Está cayendo la noche y me encuentro solo en mi casa y… acabo de escuchar un ruido…

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